martes, 21 de octubre de 2014

PERROS DE PAJA. Sam Peckinpah. 1971.

INSTINTOS.



A N, por el interés, porque unas pocas palabras a veces son todo. 

Ya son muchos años los transcurridos desde el estreno de Perros de paja y todavía sorprende la cantidad de opiniones encontradas que genera.  Una de las cuales y, bajo mi punto de vista, también una de las más disparatadas, que demuestra no entender nada de lo que Peckinpah intentó expresar, es que se trata de una película de "venganza". Acusada de regocijarse en la violencia, fascista, machista, o todo a la vez, lo cierto es que el tema central de Perros de paja es que lo instintivo sigue latente y nunca va a poder ser erradicado del ser humano. Reprimido sí, pero en determinadas circunstancias o ambientes lo instintivo acabará aflorando, en definitiva, que el hombre en esencia no esta tan lejos de los animales.

John Stuart Mill decía : " Si la sociedad es posible, es precisamente porque el hombre no es por necesidad una bestia. La civilización en cada uno de sus aspectos no es más que una lucha contra los instintos animales".


Visto de este modo,  David (Dustin Hoffman) es el que estaría más alejado del hombre primitivo, tratándose de un intelectual estadounidense, pero que avocado como se verá a una situación límite puede ser incluso más despiadado que cualquiera de los lerdos lugareños que habitan el pueblo donde se aloja temporalmente.
David reprime su naturaleza violenta bajo su superioridad intelectual, cuando esa violencia aflora y él "derrota" a los violadores de su mujer y sus compinches no puede reprimir una mueca de satisfacción.
Amy (Susan George) reprime su sexualidad al estar con David, el cual no la satisface ,la considera inferior (por serlo intelectualmente) y es incapaz de portarse como "un hombre" cuando matan a su gato, de ahí las continuas insinuaciones y provocaciones al grupo de su antiguo novio Charlie (Del Henney).


Pero lo interesante es como Peckinpah expresa todo esto en imágenes. Ya se ha hablado mucho de su utilización del montaje o de su fascinación por la violencia, pero en esta ocasión me gustaría hacer notar el magnífico uso que hace del color. El operador John Coquillon (en Eastmancolor) logra una magnifica fotografía en tonos marrones, en perfecta coordinación con la dirección artística y vestuario. No suelen llamar la atención este tipo de trabajos fotográficos, digamos que lucen poco, llaman mucho más la atención los atardeceres, contraluces, juegos de luces y sombras, que una fotografía apagada, neutra, sucia, pero que en este caso resulta fundamental desde el punto de vista narrativo. Parece en ocasiones monocromática, en exteriores apenas se vislumbra el sol, dando la sensación de monotonía, de tristeza, de espacio cerrado en sí mismo.
En el discurrir de la historia el elemento que desencadena la cadena de acontecimientos que precipitan explosión de violencia final es Amy, el deseo que genera en su antiguo novio y sus amigos  y Peckinpah sabedor de esto lo recalca, de forma más evidente mediante sus atributos físicos que tanta turbación causan en ese pueblo reprimido, pero también mediante el uso del color en su vestuario, ella es la única que viste con tonos distintos al resto, que se aleja en alguna ocasión de los tonos marrones, remarcando así su diferencia.


Sintomático a este respecto es la famosa escena de la doble violación. Peckinpah sabedor del efecto que causará la brusca irrupción del color en una película, que como decíamos es prácticamente monocromática, viste a Amy con un albornoz azul marino (propio de una película de Godard, lo que podría dar lugar a maliciosas reflexiones), utilizando un color puro, en una película desarrollada prácticamente  en colores neutros hasta ese momento. Esto produce sensaciones que potencian en el espectador los deseos sexuales que produce Amy en sus agresores y por extensión en los habitantes de la comunidad. De haber utilizado un albornoz de otro color más neutro o haber introducido más notas de color anteriormente se hubiera diluido el efecto reservado hábilmente por Peckinpah para ese momento, que seguramente tenía claro que era uno de los más importantes de toda la película.



Otro ejemplo al respecto lo vemos en el momento que comienza el acoso a la casa de Amy y David  por parte de de la "banda" de Charlie. Hay un momento en que David le dice a Amy que se acueste que él se encargará solo de resolverlo, momento clave, pues refleja un cambio de actitud del personaje, que decide defender lo "suyo" (hogar, mujer) incluso usando la violencia. En ese momento David corre una cortina (cambio de acto en una obra teatral) de un rojo intenso, color que anticipa el baño de sangre posterior.

A. de la Hoz.

viernes, 1 de agosto de 2014

FIDÉLITÉ.











"La fotografía es verdad. Y el cine es una verdad 24 veces por segundo" Jean-Luc godard.

"Cada edición es una mentira" Jean-Luc Godard.

A. de la Hoz.

jueves, 17 de julio de 2014

THE TURIN HORSE. Bela Tarr. 2011.

RUTINAS.




Un paisaje hostil, agreste. En la lejanía vemos un árbol, apenas lo distinguimos debido al fuerte viento que hace volar hojas y polvo. Lo advertimos a través de una ventana, por la que los protagonistas de la película, un anciano (János Derzsi) y su hija (Erika Bók) miran a menudo, dejando pasar el tiempo con resignación(gestos vistos anteriormente en varias ocasiones),  lentamente el plano se va abriendo, suena la repetitiva e inquietante música compuesta por Mihály Víg. Nos encontramos en el comienzo de otro de los magistrales planos secuencia que componen "The Turin horse".
Muy lentamente la cámara retrocede, podemos distinguir paulatinamente más cosas, ya casi vemos la ventana al completo, la silueta del padre resignado y cabizbajo con una manta sobre los hombros al lado de ésta. Continúa el movimiento de retroceso, ahora vemos en el primer término del plano a la hija, que está cosiendo junto a la mesa,  al fondo, al padre que sigue inmóvil observando el exterior a través de la ventana. La hija acaba de coser, se levanta y desaparece por la izquierda del encuadre, el padre sigue inmóvil. Vuelve a aparecer la hija, con dos platos y un cuenco de sal, la cámara se desplaza a la derecha y nos muestra la mesa encuadrada en una simetría casi perfecta. Al fondo del plano seguimos viendo al padre que se incorpora y se sienta a la mesa. Vuelve a aparecer la hija sosteniendo un cuenco con dos patatas, se sienta y los dos comen. El viejo acaba primero, se levanta y acude de nuevo a la ventana, la cámara lo sigue y lo encuadra en el centro, de nuevo otra vez la simetría. Tarr mantiene el plano sostenido unos segundos y funde a negro. Todo el plano secuencia dura unos 5 minutos.


Con este plano secuencia Tarr consigue varias cosas:
1. Belleza formal. La cadencia de los movimientos de la cámara, los encuadres sucesivos y las composiciones simétricas nos muestran diferentes imágenes de gran belleza plástica, a lo que contribuye de gran manera la magnífica fotografía en blanco y negro de Fred Kelemen.
2. Mostrar el lento discurrir del tiempo. De haber fragmentado la secuencia mediante el montaje se hubiera diluido el efecto tiempo. Tarr dilata el tiempo sirviéndose del plano secuencia.
3. Rutina. Todo lo que sucede en el plano secuencia lo hemos visto con anterioridad, pero rodado de manera diferente. Todo es repetición pero con pequeñas variantes. El plano sostenido final es idéntico a otro que aparece en el minuto veinticuatro. Las dos secuencias concluyen con el mismo encuadre. La sensación de repetición también esta acentuada mediante el uso de la música de Mihály Vig, una única melodía que se repite a lo largo de todo el metraje.

Además del plano secuencia, Tarr utiliza en varios momentos una interesante planificación. En ocasiones empieza  las secuencias con un plano estático de elementos inanimados, sosteniéndolo unos segundos, para posteriormente añadirles "vida", consiguiendo así un encuadre mucho más atractivo. Por ejemplo, muestra una cama y una mesita unos segundos y luego aparecen padre e hija en el encuadre, enriqueciéndolo. Posteriormente cuando ambos intentan huir inútilmente muestra un plano en el que vemos un árbol al fondo y hojas revoloteando por el viento, luego aparecerán en la lejanía las figuras humanas, creando así una composición mucho más rica. Más adelante muestra la fachada de la casa,  para posteriormente ver el rostro de la hija en la ventana y las riendas del caballo en el suelo de nuevo, creando un encuadre mucho más sugestivo.


Esta planificación que puede parecer gratuita por meramente estética no lo es tanto. Es como si Tarr nos mostrase primero como sería el mundo si la vida humana desapareciese y posteriormente añade personas creando algo más bello, sin renunciar con ello a la tristeza y la resignación existencial.

A de la Hoz.

martes, 10 de junio de 2014

EL GATOPARDO. Luchino Visconti. 1963.

REFLEJOS.




Las tropas de Garibaldi han desembarcado en Sicilia y se avecina un cambio de orden social, la aristocracia está a punto de perder sus privilegios ante la burguesía emergente que no dudará en aprovecharse de la nueva situación generada, que culminará con un cambio de régimen.
La cámara se desliza a ras de suelo, asciende lentamente hasta encuadrar de espaldas a Don Fabrizio, príncipe de Salina (Burt Lancaster), representante de la aristocracia. Se está afeitando frente a un pequeño espejo, junto a la ventana, buscando la luz del sol de la mañana. Inesperadamente aparece reflejado en el espejo el rostro de Tancredi (Alain Delón) sobrino del príncipe de Salina. Inician una conversación que Visconti rueda en plano sostenido, Fabricio de espaldas, a Tancredi le vemos reflejado en el espejo. Si se ve aisladamente el efecto, parece una película fantástica, da la impresión que Fabricio tiene el rostro de su sobrino Tancredi, que es su reflejo, que ha vuelto a la juventud. Si tuviera que elegir los mejores planos de la historia del cine (de las películas que he visto, huyamos de lo absoluto), éste estaría sin duda entre ellos, es plásticamente bello,  y, sobre todo, narrativamente anticipa todo el devenir de la película, en ese plano está contenido el futuro del príncipe de Salina, de toda una clase social, de la que la sucederá .Fondo y forma en perfecta armonía. Además sirve de magnífica presentación al personaje de Tancredi, que hasta entonces no había aparecido en escena, dejando claro cuál va a ser su rol en los acontecimientos venideros. El reflejo es el futuro.


Tancredi es un oportunista que combate con Garibaldi, pero sus ideales no son los de la revolución, sus intenciones son asegurarse su posición en los nuevos tiempos, es un oportunista. Su tío, le recrimina su actitud, y Tancredi le contesta con la famosa frase (de la que últimamente se abusa hasta la nausea) "Es necesario que todo cambie para que todo siga igual". El plano del espejo es ese principio en imágenes, los Tancredis serán los nuevos Fabrizios, les arrebatarán su clase social, pero con otros valores, peores en opinión de Fabrizio, pues los "nuevos ricos" carecen de la educación y valores de la aristocracia, tal y como dice el príncipe de Salina mas adelante, "Nosotros fuimos los gatopardos, los leones. Quienes nos sustituyan serán chacales, hienas, pero todos, gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra", distinta educación y valores, misma vanidad.


Desde que su rostro es sustituido en el espejo por el de Tancredi, desde que su reflejo/ identidad es usurpado por un advenedizo, al Príncipe de Salina sólo le queda deambular hacía la muerte. En las últimas escenas, en el justamente famoso baile, ya es un muerto en vida. En medio,  maquinaciones para garantizar la escalada social de su sobrino a la vez que observa la pérdida de valores de las nuevas generaciones, con resignación y sufrimiento, envidiando abnegadamente la juventud y las ganas de vivir de los jóvenes. 


Fabricio, sabedor de su final quiere dejar todo atado para que Tancredi mantenga la posición (económica) que él tuvo. Todo parece una ceremonia fúnebre, un ritual provocado por la resignación y el desencanto.
El mayor tormento de Fabizio es su clarividencia, sabe plenamente lo que va a suceder, que no hay vuelta atrás, es una mente lúcida, y son esa clarividencia y esa lucidez lo que le producen un mayor sufrimiento.
A lo largo de la película Visconti juega con las similitudes (reflejos) entre Fabrizio y Tancredi, situándolos en el encuadre simétricamente, Tancredi dejándose bigote como su tío, fumando sus mismos cigarros, figuras simétricas, siendo el eje  el personaje de Angélica (Claudia Cardinale),(hija del "nuevo rico" Calogero (Paolo Stoppa)), figura clave que garantizará el porvenir económico de Tancredi.


Cerca del final, durante el baile en el palacio Ponteleone, Frabrizio deambula por diferentes estancias como un espectro, en una de ellas se mira en un espejo, y contempla su rostro pálido, demacrado y avejentado mientras una lagrima de derrama por su mejilla. De nuevo un espejo, una escena reflejo de otra. El rostro de un viejo cansado ocupa el lugar que al principio ocupaba el rostro del joven y bello Tancredi. Tancredi ocupara  el puesto en la clase social que deja el príncipe de Salina, las hienas ocupan el lugar de los viejos gatopardos. Visconti lo condensa todo en un plano, en un reflejo.


A. de la Hoz.

domingo, 18 de mayo de 2014

LA CARROZA DE ORO. Jean Renoir. 1952.

CARROZAS Y COLLARES.


En un principio resulta chocante la elección de Ana Magnani para el papel de Camille en "La carroza de oro", realizada por Renoir en el año 1952, inspirada en la obra de Mérimée. Tratándose de un personaje ante el cual los hombres caen rendidos, ya sean virreyes o toreros, lo lógico hubiera sido pensar en una actriz con un atractivo físico mayor que el de la romana, pero lo que en un principio no parecía lo más adecuado acaba convirtiéndose en uno de los mayores aciertos de la cinta (parece ser que la intervención de la Magnani fue la única condición para llevar a cabo la realización de la película). La interpretación Ana Magnani me parece que está mas allá de todo elogio, y Renoir sabedor del potencial de la actriz adecua la puesta en escena a las dotes interpretativas de la italiana. Una demostración  de esto es la antológica secuencia de la corrida de toros.


A Camilla se la disputan tres pretendientes, uno de ellos es un soldado (Paul Campbell), otro un torero (Riccardo Rioli), el tercero es el mismísimo virrey del Perú (Duncan Lamont). Aplique el lector la carga simbólica que considere representa la profesión de tan obstinados pretendientes. Camille no parece decidirse por ninguno de los tres y da coba a todos ellos. En una secuencia anterior a la que nos ocupa ( y asimismo magnífica) Camille ha recibido como regalo un exorbitante collar de manos del virrey. Mas adelante despechada tras una actitud poco caballerosa del mandatario ( él prefiere salvaguardar su actual posición de poder al amor de Camille) parte a toda prisa en la carroza de oro que da título a la película, también regalo del virrey, hacia una corrida de toros.


Primer plano de Camille, de riguroso negro, con peineta, mantilla y enjoyada. De la anterior situación colegimos que ha ido a ver torear a Ramón. Vemos  un primer plano de Camille, abanicándose nerviosa. Lo que viene a continuación es sencillamente prodigioso, pues no veremos ningún lance taurino. Renoir elude mostrar el final de la faena, pero nos deja verla valiéndose de las reacciones que produce en Ana Magnani, nos priva de los últimos pases de Ramón y de cómo mata al toro, y nos sentimos agradecidos porque nos brinda el rostro de Ana Magnani, en primer plano sostenido, todo un recital interpretativo. A través de las expresiones de su rostro intuimos todo lo acaecido en el albero, sus rasgos pasan de la incertidumbre al nerviosismo, a la angustia, y a la explosión de alegría final cuando el torrero mata al toro y sale triunfante de la faena. El rostro de la Maganni es una suerte de espejo, de bola de cristal a través de la cual vemos, cual oráculos, el desenlace de la corrida. Una demostración superlativa de las dotes interpretativas de la actriz, y Renoir sabedor de su calidad puede planificar puesta en imágenes de esa manera tan arriesgada, solo posible con una actriz de esa categoría, con otra no tan brillante el resultado hubiera sido grotesco. No necesitamos ver nada, no hay necesidad de contraplano, sólo un rostro y el sonido del publico aplaudiendo los lances taurinos, depuración absoluta.



Cuando la faena ha concluido la cámara inicia un retroceso, el plano se va abriendo dejándonos ver las gradas abarrotadas de un público enardecido celebrando la gran actuación del diestro, que nos ha sido vetada. Vemos, a Camille quitarse el collar y lanzárselo a su galán al ruedo. Éste lo alza con actitud jactanciosa en señal de triunfo, sabemos que lo que menos le importa es la gloria taurina, el collar significa que ha conseguido a Camille...o eso cree.

A. de la Hoz.

miércoles, 7 de mayo de 2014

MANUAL DE SEDUCCIÓN.


Shame; Steve McQueen, 2011.
Joven y bonita (Jeune & jolie; FranÇois Ozon, 2013).





A. de la Hoz.

sábado, 26 de abril de 2014

SCARFACE, EL TERROR DEL HAMPA. Howard Hawks. 1932.

THOMPSON Y CALENDARIO.



Qué fácil es solucionar los problemas narrativos en el cine utilizando la palabra, ya sea en boca de los personajes, de un narrador en off, o mediante cortinillas explicativas, en el caso del cine silente. El cine es, entre otras cosas un lenguaje, hay que escribir con imágenes, no con palabras, hay que puntuar con el montaje, describir con la puesta en escena, confiar que el espectador atento desentrañe el significado de las imágenes, establezca relaciones entre ellas.
En "Scarface" hay un uso de la elipsis magistral. Magistral porque no sólo es utilizada para decirnos que hay un salto temporal, sino que nos aporta más información, nos dice que ese tiempo elidido es un tiempo violento, constantemente salpicado de crímenes, extorsión y violencia. Es decir, Hawks maneja dos elementos, tiempo y violencia. En la pantalla el paso del tiempo estará representado mediante las hojas que caen de un calendario, y la violencia estará representada por una ametralladora "Thompson" disparando una ráfaga de balas.


El recurso del que se vale para enlazar los dos elementos es la sobreimpresión, un recuso casi olvidado por  los directores contemporáneos, y al que tanto partido sacaron  Fritz Lang o Murnau, entre muchos otros. Mediante esta técnica parece que la ametralladora dispare al calendario y de este modo da la sensación de hacer caer las hojas de este, deshoja los días con ráfagas de ametralladora, y digo "da la sensación", pues de no utilizar la sobreimpresión, de  haber rodado un plano de la ametralladora disparando al calendario el efecto no habría sido el mismo. Es el espectador el que une la idea de tiempo y violencia en una asociación mental  que sustituye toda explicación de lo acaecido en ese lapso de tiempo indeterminado. La imaginación del espectador reduce considerablemente el número de fotogramas.
La violencia viene dada por la imagen de la "Thompson", pero además Hawks utiliza otro elemento para enfatizar la violencia, el sonido. Al oír el ensordecedor sonido de la ráfaga de disparos el efecto adquiere una mayor complejidad, adquiriendo un tono seco, cortante, en otra demostración de cómo los directores que iniciaron su carrera artística en el cine silente utilizaron posteriormente de manera maestra el sonido, no sólo para valerse de la palabra y así eliminar las cortinillas con diálogos (aunque Murnau ya había prescindido de ellas) sino utilizándolo para enriquecer la narración.



El plano dura unos nueve segundos y está colocado después de un asesinato cometido por Tony Camonte (Paul Muni). Después del citado plano, Tony Camonte ya se ve capacitado en su ascensión para  seducir de manera abierta a la chica de su jefe, ha ascendido, tiene ambición, más poder y dinero, lo que le hará irresistible a los ojos de la chica.  Entre medio un plano de nueve segundos de una ametralladora y un calendario.

A. de la Hoz.